Parque para dos

Publicado en el libro “Amores de ficción”

Fantaseo con Piluca y tengo un perro que me adora, mi mujer rebosa de silencios comprensivos y aunque no tenemos hijos, hemos alcanzado una complicidad de pistoleros con la que nos sentimos cómodos. Siempre pienso con una conciencia callada, que ella pierde conmigo, cuando juego a la balanza de los afectos. Que yo podría haberle dado algo más, tal vez haber volcado una medida más extensa de pasión sobre la vida, y no este caminar de gato con el que me he quedado finalmente.

¿Es este el oasis que veía brillar cuando todos los caminos parecían abiertos? ¿Era esta la ciudad que relumbraba al final de los sueños?

Publicado en el libro “Amores de ficción”

Mi mujer es capaz de deshacer esas preguntas con el soplido de su sonrisa o con la melancolía con que abre el periódico por las mañanas, me rescata del torbellino de la nada con un café.

Al poco de conocernos, cuando nos sentíamos arrebatados, me dijo que se encargaría de traerme los mejores domingos aunque tuviese que ir a comprarlos al super más apartado. No era una frase demasiado brillante pero la escuché con el metal que escupen las trompetas bíblicas y espantó todos mis terrores fuera de nuestro alcance, al rincón donde desaparecen  las cosas para siempre. Y nos casamos como lo hace la gente, sin comprender muy bien cuáles son los lazos y las normas que se extienden en la feria de una boda, por lo demás ruidosa y destemplada, por la que cruzaron gentes que ya serían mi familia y por las que no conseguí sentir el menor afecto.

A veces fantaseo con Piluca, me ocupa buena parte del desayuno cuando esparzo la mirada por el jardín que se deja ver a través de las ventanas de nuestro salón. Son los momentos en que el café espera paciente a ser vertido como un amigo en este saco de “yo” al que he ido viajando sin querer.

Mi mujer ha depositado a mi lado el transcurrir de sus días, he visto como el tiempo germinaba en la caída de sus pechos, en su vientre de catarata dulce que ahora se derrama mudo entre nosotros. Ha desnudado su vida en la antesala de los días. Sus caderas han perdido fiereza y ahora se pasean amables entre los muebles de la casa. Me he ido acostumbrado a su cariño sencillo y previsible, a su afecto de garza y a su cuello sembrado de arrugas en el que encuentro a veces la razón de las cosas.

La mayoría de nuestros días no tienen interés, son días del montón atravesados por compras en la tienda, paseos en el barrio, alguna cerveza a destiempo y siempre los minutos que pasan sin hacer ruido, como si no estuviesen allí, llevándose las briznas de nuestra vida de a poco, discretamente y con una educación exquisita.

También he sido el pionero de su amargura, en el parque, ante la visión de un niño que no podía ser el nuestro y que sólo nos ha dejado un vacío en el que volcamos  cantidades de un nosotros que no termina de ser suficiente. Esa tarde, y por apartar el charco gris en el que habíamos caído, la llamé con ese nombre ridículo que le puse cuando andábamos de enamorados y que nunca terminamos de  escuchar con todas sus aristas, en la maravillosa sordera de la pasión. Fue suficiente para encontrarnos de nuevo en ese desierto en el que ambos nos hemos conquistado y volver a casa caminando despacio, juntos, fríos por el invierno al que no le importábamos lo más mínimo. Esa tarde nos estrechamos más en esta soledad tan nuestra.

Mi mujer también está habitada por paredes infinitas ante las que sólo cabe esperar, dar algunos paseos, patear algún guijarro, tejer algún pensamiento que se deshace en escarolas en el aire.  Son paredes sin horario ante las que ya no puedo pensar en Piluca y me dejan desterrado en la acera a la espera del taxi que llega con su voz, cuando ésta vuelve de nuevo a nuestro pequeño mundo.

Mi mujer no sabe nada de Piluca y del ácido que deja sobre mí cuando se me aparece, está fuera del alcance de sus remedios y mucho más allá de su tiempo. Piluca pertenece al momento en que los ojos de mi mujer aún se desplegaban como velas plenas de tersura, y sus muslos llenos de futuro podían desgarrarme. Mi mujer está más allá de esos lugares y Piluca tiene un ticket a un no sé dónde irresistible por el que quiero despeñarme.

Algunas noches en las que nos adentramos espesos y desvalidos en el sueño, en esos  momentos en que no sabemos bien lo que somos, siento los abrazos de mi mujer sobre mi pecho, blandamente y sin esperar de mí ningún lirismo, sin nostalgia por lo que la arquitectura de mis espaldas nos dieron en otro tiempo a los dos. Ahora estoy más cerca de ser un cojín desaliñado y sin furia, una voz en off que ninguno de los dos escucha. Es en ese perfume que nuestros cuerpos han macerado con los años y en el que nos reconocemos, que nos recibimos por las mañanas, sin prisas, con unos textos conocidos pero que añoraríamos si los actores que somos los dejasen a un lado.

Aunque Piluca tiene un almacén de promesas en la mirada, tiene vetada la entrada a este lugar, no dispone de los privilegios que la temporalidad ha ido sedimentando en esa rara criatura que somos mi mujer y yo. A Piluca no le hace falta que la narren, le resulta suficiente con quemar y  desplazarse sin destino conocido en mi fantasía, ante  el vistazo que me dedico en el espejo por las mañanas. Piluca es breve y poderosa, su belleza autoritaria exige de mí, adoración, y yo soy pobre e idiota ante su templo.

El jardín es el lugar en el que he decidido que se realicen las apariciones de Piluca. A veces la visto con modelos de los sesenta, faldas de fantasía que se elevan desde el suelo con pequeños huracanes entre los que gira, con su cabeza cubierta con un pañuelo de picnic, solo para mí, esperándome siempre para que acuda a esa merienda eterna que nos aguarda en un salvapantallas de Windows. Y el café vuelve a enfriarse en la taza que abrazan mis manos, las manos de un señor mayor que se resiste a creer que son las suyas, que se las han cambiado en un truco de relojero, sin aviso previo, en este viaje hacia la nada que terminamos por ser.

Y en mi mujer, su voz ha ido viviendo una transformación hasta tornarse del color de los latones, aún desprende la misma madeja familiar que me devuelve al mundo, ya menos apasionada, con un vuelo menos brillante, pero siempre con el soniquete de una brújula de manillas cortas, empeñada en iluminar el norte que a veces pongo del revés.

A veces fantaseo con Piluca, nunca ante la penumbra del amanecer donde mi mujer y yo nos encontramos con nuestros casuales abrazos, y aún  menos en el ritual de apertura de periódico con que ella me trae los mejores domingos del super más apartado. Y es en esta residencia de tiempo que tenemos arrendada, donde parece que Piluca, con su pañuelo a la cabeza y sus tornados, nunca terminará de darnos alcance.

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