Agárrese a una farola con las dos manos y adopte una postura horizontal de mimo imposible mientras un viento del carajo intenta llevárselo a una gigantesca hoguera que se come el oxígeno de todo lo que hay en cientos de metros alrededor. El mismo oxigeno que les va a faltar a miles de personas que van a morir asfixiadas mientras se refugian en los sótanos de la ciudad. Para completar el cuadro exprese en sus facciones el horror que le produce saberse devorado en unos instantes como un papel publicitario tirado en el suelo por esa montaña increíble de fuego tan intensa que podría cortarse con una sierra. Esta es la escena que vieron muchos testigos la noche de febrero de 1945 en que la ciudad de Dresde se transformó en una fundición de seres humanos con el bombardeo de los aliados.

Y esta es la misma plaza que cruzo una mañana hace tiempo para dirigirme a mi primer ensayo del “Retablo de Maese Pedro” de Falla, aunque este día el azul cobalto del cielo parece colocado por un fabricante de coches, sin el rayajo de una sola nube en un cielo tan espléndido que ganas dan de no creérselo.

Alfredo García como Don Quijote en “El Caballero de la Triste Figura” de Tomás Marco

En la plaza del Altmarktes de Dresde hoy se ven muchos turistas, niños, pastelerías, exuberantes señoras vestidas de época que venden entradas para algún concierto, cafeterías con Apflestrudels hechos por un sinfín de abuelas clandestinas, algún puesto de salchichas y sobre todo un frío seco y duro que todo el mundo sabe fuera de lugar pero que es de allí de toda la vida de dios

Al otro lado de la plaza, el Kultur Palast, la sala de ensayo sede la Dresdner Philharmonie y el Maestro Frühbeck de Burgos con quien tengo ese primer ensayo. Y en ese paseo voy atando los cabos y repasando todas las tuercas del Retablo, ajustando los calderones, preguntándome si me habré dejado algo en el estudio, si a alguna nota le habrá dado por hacerme una broma y esconderse para luego presentarse ahí en medio del ensayo como si nada y poner cara de ¿pero no me habías visto?

Voy cotejando los tiempos en mi memoria, los ritardando, los pesante, los breves puntillos hasta que voy llegando a un acuerdo conmigo mismo que consiste en concluir que me lo he estudiado y que el Maestro Frühbeck va a encontrarlo todo en su sitio. Pero eso no me quita un aleteo estomacal que nada tiene que ver con el desayuno.

El Maestro Frühbeck entra con la energía de un ejecutivo de Manhattan. Junto a mí, mis compañeros y excelentes cantantes Gustavo Peña y Raquel Lojendio y como si hiciese un truco de magia con la batuta, empiezan a sonar todas las notas una detrás de otra, todas en su sitio, con su justa medida, sin darse pisotones, con una elegancia de museo neoclásico. Cuando voy a empezar a cantar,  ya voy viendo que va a ser como esas olas que en la playa de Zarautz me llevaban hasta la orilla los días de suerte, y es así como llegamos todos al final de la obra, donde los compositores ponen dos rayas que parecen el final de las vías del tren. Y el Maestro con esa voz de cortar los aires suelta eso de “Lo ha hecho usted muy bien” que a mi me suena como una condecoración de guerra.

Vuelvo al hotel, es la misma plaza pero parece más prometedora, como si el fuego nunca hubiese roto un plato y pienso en El Quijote que es el personaje que encarno en el Retablo y siento un alivio de que en su novela no se haya topado con esas desconcertantes banderas humanas que de seguro le habrían traído la locura a su locura.

Hay muchas plazas cruzadas desde entonces hasta llegar al “Retablo” que vuelvo a cantar estos días en Zaragoza con la Orquesta Enigma, formada por músicos salidos de la tienda del Gourmet, músicos de pata negra con quien uno podría tirarse por las cataratas del Niágara cantando y acabar sin salpicaduras después del salto. Los dirige Juan José Olives que entra en la misma cesta de Navidad y con quien he compartido Viena como ciudad de estudio aunque en diferentes épocas y que es el autor de la orquesta y el responsable de su excepcional calidad. Hace un par de años pude cantar bajo su dirección “El llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías” de Maurice Ohana que a pesar del título nos proporcionó mucha alegría. Y ya entonces me traje de importación parte del extraordinario talento del Maestro Olives para casa.

Salvo el viento, que parece el mismo, no hay muchos lugares comunes entre Dresde y Zaragoza, más allá de que en ambas ciudades alcen su batuta dos grandes maestros españoles y de que en ambas Alonso Quijano haya tenido a bien hacer uso de mi voz para hablarle al mundo.

Manuel de Falla. El Retablo de Maese Pedro. Auditorio de Zaragoza 13 de marzo de 2010.

Juan José Olives, director

Representaciones de “El Retablo de Maese Pedro”

¿Quieres saber más?

¿Quieres saber más?

Recibe la información de los próximos conciertos y novedades

Tu subscripción se ha realizado con éxito

Pin It on Pinterest