Hay algo inquietante en la sensación que recibimos cuando escuchamos nuestra propia voz en uno de los numerosos mensajes que tanto aparato nos ofrece cada día. Encontrar reacciones del tipo “esa no es mi voz”, ”yo no sueno así” o  “qué vergüenza, ¿de verdad esa es mi voz?” son la reacción habitual. Hay más repertorio pero cada uno puede ir desgranándolo de su propio historial.

Este curioso fenómeno hace que nos percibamos con algo de extrañeza, como si compartiésemos parte de nuestra naturaleza sonora con un extraño, algo así como un polizón de la voz que se nos ha colado en la existencia y falsifica nuestro timbre.

Y esto tan raro se produce porque nos escuchamos desde dentro, algo parecido a lo que le sucedería a un pianista si cuando toca metiese la cabeza dentro de la caja del piano, o un violinista se comiese una de las galletas de Alicia en el País de las Maravillas para caer en el interior de su violín y lo escuchase desde ese lugar. Sí, todo un lío.

No nos sucede lo mismo cuando observamos nuestra imagen a través de uno de los tantos reflejos que nos devuelven los vídeos o los espejos mañaneros que nos arrojan nuestra apariencia. Podremos estar más o menos conformes con el tipo que vemos enfrente. Tal vez uno desearía tener unas facciones más sensuales o menos nariz, unos labios más seductores o una mirada ausente de arrugas que las circunden, pero sabemos que ese  que nos mira desde el otro lado, es irremediablemente el mismo que se ha despertado hace unos instantes. No llegamos a tener esa sensación de invasión de los ultracuerpos que parece adornar nuestra voz cuando el espejo de las grabaciones nos la devuelve con una burla, en lo que creemos erróneamente es una distorsión.

El asunto da para algunas reflexiones sobre cuál  es realmente nuestra naturaleza, nuestro yo. Es sorprendente que la lírica viaje hasta las orillas de la filosofía, ¿verdad?

¿Y qué pasa con el canto? ¿Tienes los cantantes la misma sensación misteriosa sobre su sonido externo?

La verdad es que sí, de hecho el ejercicio del canto supone acudir al encuentro de ése que está sonando fuera para apropiárnoslo. Dicho de otra manera, debemos en primer lugar reconocer que ese sonido que se ha quedado flotando en los oídos del público que asiste a uno de nuestros concierto, es nuestra voz cantada, después de haber recorrido, en una fracción de tiempo, todos nuestros resonadores y tiñéndola con nuestros huesos, sangre, cartílagos y demás arquitectura anatómica que nos constituye. Viene a ser como el agua de montaña que una vez que la atrapamos en una botella viene impregnada de todos los minerales que ha ido encontrando en las profundidades de los campos. Y la montaña de los cantantes, en la que vamos montados, es nuestro cuerpo. Tal cual. Y algo que uno aprende con el tiempo, es que no importa la apariencia que tenga un cantante, uno nunca sabe de qué manera ha cocinado ese cuerpo la voz que emite quien lo porta.

Hoy es más fácil tener un encuentro con el propio sonido que los demás perciben desde fuera, de eso se encargan los numeroso aparatos de grabación digitales que han ido saliendo al mercado en los últimos años, bastante asequibles, además.  Casi todos los cantantes echamos mano en algún momento de ellos para analizar nuestro trabajo, descontando las ocasiones en que sin que nos hayamos percatado de ello, alguien graba uno de nuestras actuaciones, que luego encontramos en las redes o publicadas en algún medio.

Todo ello nos va dando una idea de quienes somos vocalmente  fuera de nosotros mismos.

¿Seguro?

No del todo. Lo que escuchamos no deja de ser una interpretación electrónica de nuestra voz, un retrato robot, para entendernos. Muy bien realizado, pero incompleto. ¿Y cómo podemos estar seguros? Hay una sencilla manera de comprobarlo, y es tener la experiencia de escuchar en vivo a un cantante lírico, a ser posible más bien cerca, y después escuchar ese fragmento en una grabación. Sí, vamos a encontrar diferencias sustanciales. De hecho, un altavoz nunca hace vibrar a quien lo escucha del mismo modo, y no hablo metafóricamente, sino desde el punto de vista puramente físico. Estar cerca de un cantante, supone recibir las vibraciones de su voz a bocajarro, sin intermediarios, sin circuitería que nos traduzca la experiencia, en crudo, vaya. Y si no que le pregunten a mi familia más cercana, o a los vecinos de cualquier otro cantante. Ya verán.

Toda esta reflexión me lleva a la idea de que los cantantes estamos, de alguna manera malditos, o por expresarlo de otro modo, condenados a no percibir nuestra voz tal y como ésta se muestra en la realidad externa. Cantamos, en definitiva, para los demás, que son quienes disfrutan del espectro completo de nuestra voz.

Por terminar de alguna manera estas líneas, los cantantes estamos obligados por las leyes de la naturaleza, a ser generosos, dando a los demás lo que no podemos percibir en nosotros. No es mala manera de estar en el mundo, aunque a veces uno eche de menos la velocidad de Superman, para dar una voz e inmediatamente sentarte delante para escuchar como suena, antes de que llegue la música a nuestro asiento. Todo se andará.

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